Misha, desquiciado por dentro, lamentó profundamente el portazo al salir. No podía evitarlo, estaba absolutamente quebrado por dentro: un juguete roto en manos de su propia mente perturbada. Le machacaba y taladraba firmemente, percutiendo su cerebro como si fuera gruyere. Y dolía, dolía a cada latido y a cada palpito en la sien. Le recordaba que estaba vivo cuando muchas veces solo deseaba dormir.