Supongo, que me he dejado dos kilos de coraje, manchados de humo y sal, encima del mantel, pegadito al cenicero y he estado algo ausente estos días. Por ahí podríamos justificar mis buenas maneras de limpiar la casa ya que, la sinceridad, deja un gotelé terrible por las paredes y, el mantel, parece que habla con el resto de utensilios de la casa, y, estos a la vez con la casa, rechinando maderas, haciendo notar su presencia en tan ardua confesión, impactada, como tú.
¡Y tú, que sobredosis de mí!. He vuelto a la etapa de autoconocimiento de golpe, delante de ti. Dentro de mí, apuñalando el manual de cordura; hay cosas que no contaba con dejar puestas en el mantel y, por eso, pasada una hora todavía no me he movido la silla, racaneando un cigarro detrás de otro, buscando algo de paz y reverberando mis palabras en mi cabeza. Fumar parece un alivio por la capacidad de reducir el estrés que tiene pero, en realidad, cada cigarro únicamente te prepara para el otro, justo el objetivo de ese momento: distraerme sin moverme. Vamos, el inicio de cualquier adicción.
Y yo, adicto a decir lo que pienso, aplaqué esa adicción con otra peor y opuesta, la pasividad. La de firmar sin pensar, la de actuar sin sentir y la de enumerar causas metafóricas sin peso concreto. He perdido unas cuantas cosas por el camino y he adquirido un doble rasero feísimo, pero estoy en ello. Hay unas cuantas cosas que he esbozado en ese sofá, casi todo renuncias, a ejecutar en un corto período de tiempo. Van saliendo, mis visos toman color libertad, trabajo y la supuesta militancia tienen el check de materia hecha.
Tenía pensado que esto fuese un buen diario, uno que fuese narrando mis desventuras día a día pero es absurdo. Redacto a muy baja forma y no vivo al ritmo de una estrella de rock: altibajos, cuarentenas, proyectos, cancelaciones, conciertos a los que nunca fui, y, bajialtos, días en los que aparezco enterrado en las sabanas y acabo saliendo a flote, que, si tuviera que quedarme con un
rasgo característico, probablemente sea el último salto, el que me anima y me da el empujón. Eso confirma la teoría de que siempre intento volver, al menos, en parte.
No te he hablado aún de Él, de lo que me soporta, de la cantidad de teorías que hemos elaborado en todo este tiempo sobre ti, sobre la posibilidad de saber quién eres, sobre las posibles respuestas... La conclusión final llegó ayer, un reciente coletazo de realidad en el que atisbo un futuro de respuestas poco rotundas, repletas de "peros" de arriba a abajo. Este es el trago amargo de la racionalidad: no hay "siempres y nuncas", hay una gama de colores intermedios que nunca se corresponde a un sí o a un no y, no son concluyentes, pero ojalá un azul cálido.
Volviendo al sofá... Creo que he estado tanto tiempo ahí sentado que me he quedado con todo lo que había ahí y, a veces, paranoico perdido, te añado a mi recuerdo, parece que estás ahí de tantas veces que hemos hablado de lo mismo, contemplando el derrumbe que a veces significa confesar algo, pero que conlleva intentar construirlo.
A veces la realidad es un jarro de agua fría que duele al inicio pero calienta después. Sin más
Comentarios
Publicar un comentario