("Adler ha muerto". Es una idea que nunca tuve suficiente tiempo en la cabeza como para que me la creyera. Estaba también la parte de mí que se llevo. Aquella que tardaria años en recuperar)
Recordara toda la vida aquel martes por la mañana. Es el día que en realidad nadie quiere de la semana, todos odiamos el lunes y, el martes es un tránsito innecesario hacia el resto de días (cierto es que le tengo especial cariño a los miércoles, me centran, me dejan las cosas claras)
A lo que voy, me pierdo, ciertamente como andaba ella de perdida mientras salia el sol. Las rendijas de las persianas dejaban pasar al gran astro rey bañando su cuerpo de luz mientras destelleaban sus ojos. Meses más tarde me acabaron contando que su habitación era un reguero de pañuelos a medio usar, apilados en la papelera y sus alrededores. Estaban impregnados de negro, practicamente tintados. Maldito láliz de ojos; más maldición para sus lágrimas desparramadas. Justo delante de la cama, pegados en la pared, tenia colocados un ciento de papeles. Sus mensajes positivistas mezclaban pasado y futuro, nunca presente, pena contenida, superación, esperanza y una autoconfianza como ejercicio, que resultaba un absoluto fracaso a ojos de la papelera. Pero todo eso ya lo supe la primera vez que la ví.
Un millón de vueltas en la cama después y, acompañado de un suspiro de los que vacían los pulmones de oxígeno, se levanto. No queria pensar, era lo que solia evitar, decisiones rápidas implican un contrato con el dolor, un crédito intermitente con el, en pequeños plazos. Se duchaba con agua fría para ahogar su mente y, mientras se peinaba, recordaba esa serie de ejercicios de motivación a ritmo de secador. Le termine confesando que.me encantaba ese sonido de secador, me relajaba, mi karma se regulaba, era mi calma absoluta. Pacto con el espejo un día de sonrisas. Algo que fácilmente gestionaria la mejoría de su propia moral y, con ello la del resto, algo que en parte le preocupaba.
Con las ventanas abiertas de par en par miraba su armario vacio, recostada en.la cama. Jugueteaba con su pelo, y rodaba con la ropa puesta de manera abrupta en la cama. Una falda (adivinen, si, mi favorita) y una blusa color nube fueron sus elecciones. Se fue a la calle. No tenia nada que hacer, ninguna obligación en mente, al menos en ese momento. Se dedicó a pasear.
Daba rodeos, recorría calzadas, repetia calles. Solamente era un paseo normal dentro de su nuevo plan de vida normal era lo que yo siempre pense que tenia en mente. Pero el sol, cubierto por una nube, no pudo evitar el chaparrón que cayo un tiempo después. Claro, eso sería más tarde del suceso. Aquel encuentro...
Ella vislumbro a lo lejos un hombre sentado en el suelo, en un lugar incorractamente social, a los pies de una catedral. Se le veía saturado, agobiado, a punto de nieve de un huracán. Según se acercaba, ella dudaba. Al final estiro sus labios hasta la extenuación de estos y dedicó una sonrisa a la persona sentada en el suelo mientras le decia una frase. Únicamente recibio muestras de pasotismo y marcho con paso firme hacia adelante.
A los cinco metros alguien reclamaba su atención. Era él. Levantado, mirandola fijamente. Solamente dijo un par de frases, silabas en armonía y sentido que destrozarón su entereza. Impactaron como balas en el corazón de ella y marcho rauda, corriendo.
Lo admito, me pase, nunca debí de decirle eso. Yo tenia mi otra historia.
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