¿Conoces las horcas medievales? Determinadas cosas en la vida responden a una situación de horca. Con taburete claro
¿Taburete? No es un tremendo despropósito, créeme, yo te creo. Es fácil de metaforizar. Si meto mi cuello en la horca recién subido al taburete empieza el juego. Mis errores repercuten en la estabilidad del taburete, es como un bailaor de flamenco, como el patinaje artístico, siempre en movimiento, pero no deja de ser relativamente inestable.
Mis movimientos, el eufemismo de fallos, son constantes. Sin tapujos ando cercano al más integro de los desastres, con ellos soy el manchurrón negro de un folio recién sacado de la caja. De ahí que mi taburete baile claquet y mi cuello ande cercano de encoger más de una vez. Caí varias veces, bueno, casi.
Siempre calzabas el puñetero taburete, nunca me dejaste caer. Era imposible no amarte con alma. Tenias esa mirada tan dulce cuando yo pendía de un hilo. En ese momento te tenia que haberte dado mi cuerda y que me colgaras tu cuando quisieras. Una muerte que no me subiría al cielo; ya estaba en él.
No fue solo un día. Me di cuenta tarde, como siempre, nunca bien. Soy así, zoquete de naturaleza adquirida, nada de genes. Pasó y me ahorque solo. El momento de mi dolor no fue ahogamiento. Fue verte llorar. Tus lagrimas quemaban en tu cara, chocaban contra tus mejillas y ardían en tus pómulos. Me partí solo el corazón y ataque el tuyo.
Me resisto de la horca, tengo que abrazarte como sea para quitarte el peso. Toma mi cuerda, coge mi alma, mátame por un segundo. Pero tienes que ser tu. No soy el héroe, soy el malo, busco heroína.
Las palabras no valen sin hechos
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