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Isaac Rassvet


Isaac Rassvet de unos veintitantos otoños, con más títulos que experiencia, recientemente ha alquilado un bonito despacho en una primera planta muy céntrica. Ha colgado unos cuantos marcos intentando ilustrar su conocimiento y no ha podido evitar la tentación de comprar una lámina con el grito de Munch para enmarcar una esquina desierta. Tampoco pudo evitar el tópico del diván y adquirió uno de segunda mano en una casa de subastas. Todo conformaba una prototípica estampa barroca que daba pie a una exquisita rehabilitación terapéutica
De padre ruso mostraba frialdad pura en el momento de llevar a cabo los razonamientos; sin embargo, su sangre materna delataba su carisma y trato maternal. Ambas vertientes estaban bien compaginadas. No tenía arranques de furia: prefería que dichos ataques los llevara a cabo otra persona. Su vida privada era un absoluto misterio pero si se vislumbraba que estaba sin casamiento, sin posible intención de ello y sin candidata para dichas nupcias.

Cuando arrancó la mañana y el sol por fin se digno en salir estreno la consulta. En honor a la verdad ya llevaba unos cuantos pacientes a las espaldas: unos cuantos esquizos "sin más", otras tantas depresiones, menos bipolares y una reliquia: un obsesivo compulsivo, un TOC de manual, una especie bellisima. A pesar de ese historial él primer paciente que entrara por esa puerta y se sentara en el diván sería el primero. Primero y único. A media mañana al fin sucedió.
Entro un chaval, algo más joven que el, pulcro en apariencia y de mirada caída: la debilidad preferida de Isaac, un caramelo digno de su estreno en consulta. Saludó con desdén y se recostó en el diván de una manera no muy ortodoxa.
Pasaron los minutos y no se llevó a cabo ningún tipo de conversación. Isaac siempre esperaba tanto tiempo como fuera necesario para que una conversación se llevara a cabo pero ese día estaba especialmente impaciente: su primer paciente, su primer día de independencia en el diagnóstico. Incumplió la regla y atacó con un elegante "cuando usted desee" provocando que el paciente elevara el brazo con un dedo orientado hacia el techo: "un minuto".
En todo ese tiempo no había hecho gran cosa el que a posteriori se bautizaría por Isaac como el Primero: miraba el techo sin rumbo fijo en al mirada, probablemente con la mente vacía. Isaac reconocía bien las depresiones y esa parecía serlo a priori. Al final, pasados más o menos dos minutos, se sentó de otra manera menos ortodoxa y arrancó a hablar:

"Mire, se que se lo dirán mucho. Probablemente todos los pacientes se lo digan, pero yo, yo no estoy loco. Ni un ápice de hecho, soy bastante racional incluso. Llevo unos cuantos meses montado en mi ruleta rusa de emociones y tengo miedo a la próxima bala, me asusta, me aterra.
Parece que vivo en un período de adaptación continuo, cada vez con menos de todo y con más exigencias. No se si cree que lo estoy, me es indiferente su opinión sobre este tema puesto que se que no lo estoy. Loco"

En el período en el que el Primero cogía aíre para respirar el buen Isaac preguntó que era lo que llevaba a cabo el estado de presión continuo pero antes de acabar las palabras interrumpió:

"En el fondo se lo que tengo que hacer, romper con todo, dejarlo todo, no pedir nada. Que me pidan a mi , que me pregunten, que vean si respiro, si vivo, si late. Ser igual que mi filia y que mi fobia:
egoísta"

Reverberó la palabra "egoísta" por la sala, tanto que algo en la cabeza del Primero explotó y salió corriendo de la sala, como un ciclón sin consuelo, se paró en la puerta diciendo hasta la vista y dio un portazo sin mala intención. Uno de los másteres enmarcados cayó y se partió en tres partes visibles.
Fue la primera vez que Isaac se quedo perplejo.

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