Todos queremos ser el mejor, el más, el supremo, el magnificente. Bueno, todos, todos... No, exactamente no es así. ¡Ah, y buenas noches, suerte hoy, que queda día!
No, en serio, voy serio, ya, de verdad: alguna vez hemos querido ser los mejores. La sonrisilla que se te queda después de llegar a la plenitud es auténtica; es verdad, usas los músculos indicados para ello. ¡Es involuntario!, la alegría lo es, el miedo también. No es una mueca, es una oda a la felicidad, un verso que rima con todo, un topping perfecto.
Y, por eso, por ese puto error os equivocáis. Tendéis a malgastar los cumplidos, exponéis con orgullo todos y cada uno de los adjetivos que utilizáis para definir algo de lo cual no tenéis una visión real. Y, claro, pasa, sale la sonrisa, ¡y todos estamos tan contentos!, nadie dice nada, y, a mi, me pone terriblemente enfermo.
Enfermo de dolor. Cuando suena el crash del cristal que es la conciencia débil resquebrajándose en la mente del individuo que realiza la fechoría... Es tan desolador. Siempre he querido reflejar con palabras las emociones que cualquier persona manifiesta y, a veces, no creo que se sea consciente de la magnitud y, por eso, la revelación me parece un entrante para el plato fuerte que representa el silencio.
La confesión es terrible, pero se puede llegar a asumir. ¿Nunca os habéis visto desde la perspectiva de otra persona? es fácil, dale orden. Coge una persona de toda la vida, otra de tu trabajo y otra que acabes de conocer. Pregúntales que les pareces. La primera dirá la verdad, la segunda maquillará la verdad y, probablemente la tercera le ponga coloretes, corrector de ojeras y dos líneas rápidas de máscara de pestañas (vale, he tenido que buscarlo, también se llama eyeliner, siempre lo he llamado por su nombre comercial, no es mi culpa)
Es normal, es lógica social. Nadie quiere perder un vínculo de primeras. Entiendo las mentiras en muy pocas ocasiones y, diciendo esto, abro un pequeño resquicio. Hay una rendija de contradicción maravillosa que confirma la regla.
Y, por esto, os diré que soy un monstruo en contra del silencio. ¿Os es útil la incertidumbre sin respuestas, pensáis que navegar en un negro sinsentido con toques de desesperanza es agradable?. Y no os hacéis una idea de las dimensiones del silencio, básicamente, porque si en algún momento lo hicierais, tomarían, ustedes, despechados, dolidos con la vida, desconfiantes, un camino reverso.
Y eso, que acabo aquí, que hay esperanza después de la caída, pero no hay aliento si no sabes que estas cayendo. Y, eso, todo esto, toda la parrafada, se sabe pensando en la soledad. Y estar solo es difícil pero útil. Y estar solo es decir buenas noches cuando igual no apetece. Pero estar solo también es comprender a los demás. Y si eso, si comprender ¿qué hay, qué inconveniente se encuentra en gritar lo que sea que se pase por esa caja de ideas? lanzadlo, asuman.
Siempre que digo que voy acabar nunca lo acabo haciendo. Y es que estoy tierno. Y eso, sin más, que estoy tierno.
No, en serio, voy serio, ya, de verdad: alguna vez hemos querido ser los mejores. La sonrisilla que se te queda después de llegar a la plenitud es auténtica; es verdad, usas los músculos indicados para ello. ¡Es involuntario!, la alegría lo es, el miedo también. No es una mueca, es una oda a la felicidad, un verso que rima con todo, un topping perfecto.
Y, por eso, por ese puto error os equivocáis. Tendéis a malgastar los cumplidos, exponéis con orgullo todos y cada uno de los adjetivos que utilizáis para definir algo de lo cual no tenéis una visión real. Y, claro, pasa, sale la sonrisa, ¡y todos estamos tan contentos!, nadie dice nada, y, a mi, me pone terriblemente enfermo.
Enfermo de dolor. Cuando suena el crash del cristal que es la conciencia débil resquebrajándose en la mente del individuo que realiza la fechoría... Es tan desolador. Siempre he querido reflejar con palabras las emociones que cualquier persona manifiesta y, a veces, no creo que se sea consciente de la magnitud y, por eso, la revelación me parece un entrante para el plato fuerte que representa el silencio.
La confesión es terrible, pero se puede llegar a asumir. ¿Nunca os habéis visto desde la perspectiva de otra persona? es fácil, dale orden. Coge una persona de toda la vida, otra de tu trabajo y otra que acabes de conocer. Pregúntales que les pareces. La primera dirá la verdad, la segunda maquillará la verdad y, probablemente la tercera le ponga coloretes, corrector de ojeras y dos líneas rápidas de máscara de pestañas (vale, he tenido que buscarlo, también se llama eyeliner, siempre lo he llamado por su nombre comercial, no es mi culpa)
Es normal, es lógica social. Nadie quiere perder un vínculo de primeras. Entiendo las mentiras en muy pocas ocasiones y, diciendo esto, abro un pequeño resquicio. Hay una rendija de contradicción maravillosa que confirma la regla.
Y, por esto, os diré que soy un monstruo en contra del silencio. ¿Os es útil la incertidumbre sin respuestas, pensáis que navegar en un negro sinsentido con toques de desesperanza es agradable?. Y no os hacéis una idea de las dimensiones del silencio, básicamente, porque si en algún momento lo hicierais, tomarían, ustedes, despechados, dolidos con la vida, desconfiantes, un camino reverso.
Y eso, que acabo aquí, que hay esperanza después de la caída, pero no hay aliento si no sabes que estas cayendo. Y, eso, todo esto, toda la parrafada, se sabe pensando en la soledad. Y estar solo es difícil pero útil. Y estar solo es decir buenas noches cuando igual no apetece. Pero estar solo también es comprender a los demás. Y si eso, si comprender ¿qué hay, qué inconveniente se encuentra en gritar lo que sea que se pase por esa caja de ideas? lanzadlo, asuman.
Siempre que digo que voy acabar nunca lo acabo haciendo. Y es que estoy tierno. Y eso, sin más, que estoy tierno.
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