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Miedo a Gauss (IIi)

Ahora saco medias partes. Como cualquier empresa puntera en sacar perra gorda a la pobre clientela que busca excepcionalidad, yo, busco desgastar un poco el escalón a escalar.
Aunque, bien pensado, debería decir desescalar, y tirolinearme lentamente por los escalones de la casa en la que se me quedó la conciencia, pero, subir, siempre parece desgastar más que bajar y parece un jugoso atajo narrativo. Sea como sea, subir y bajar, el problema de la campana a veces es ese: no sé decir exactamente que pasos doy, hacía donde voy y repercute directamente en lo que soy. Una vez que se abre la puerta, no puedo más, de verdad, déjame una vez más que mi cara toque la madera del banco y lo impregne de la salinidad del lamento. Me sangra la boca justo antes de cortar la hemorragia con la mano, no puedo desgarrarte, no me salen las palabras para ello. Duerme. Sin soñar, sin favor.
Yo, que tengo parones constantes, que el corazón me late raro, con palpitaciones, despierto aletargado. El banco se ha ido y, el cemento sobre el que estoy yaciendo, nunca rinde pleitesía al calor corporal. Sentado ya, con una mano plancho la ropa y con la otra peino el alma, buscando algún rastro de orden como oasis es buscado en el desierto; con conclusión, espejismo. Dirección en la cabeza, filtro quemado en la boca, codo en el timbre que sigue con hombro en la puerta. Escalones, otra vez, y el tiempo que se ríe en la cara: meses para deshacerme de unos, segundos para subir otros. Y, me gusta, tú... tu salón, digo, de repente tan ahí.
Es distinto, echo de menos la sensación de pequeñez, de jugar a ser gigantes en techos a ras de suelo, las hojas en las paredes, la vista de la mañana, pero, me jode echarte de menos, al nivel de bohemizar tu entono. Los conceptos subjetivos tienen una asombrosa facilidad de contaminarse de idealización si se exponen demasiado rápido, se oxidan, se resquebrajan y convierten en polvo, polvo de bolsillos vacíos en la entrada, junto a mis primeras palabras al abrir la puerta. Dos, ocho, y sigo sin saber pasear por las calles de la palíndRoma, sin saber que decir cuando me duelen los ojos por dentro y sin saber que se te está pasando por la cabeza. ¡Y sé tantas cosas, he aprendido tanto, no entiendo como parece tan pequeño a tu lado!.  
Tu oscuridad empequeñece, de verdad, duele. Duele cuando llama a la mía a tus espaldas, para decirme que algo falla. Duele cuando eres actriz de teatro que no sabe salirse del papel impuesto. Duele cuando te encierras en ti misma, parca en explicaciones, con el afecto como el filo de tus pies, congelado, sin remedio. Duele llamarlo oscuridad, pero no encuentro una palabra para expresar las sombras que rodean tu luz. Yo, mil veces enunciado, positivista de manual, suelo piropear con la comparación de la esencia versus lo tangible: dar valor a lo que brille, por poco que sea, por encima del resto de cosas, como fino rayo de sol en tormenta colmada de nubes. Joder, que declaración que nunca leerás, otro trago de sangre más. 
Se nos ha puesto complejo de pandemia y, te digo, pocas veces tan de acuerdo el uno con el otro como en el momento que adquirimos el metacrilato metafórico y, de paso, un buen golpe de brújula nos ha destrozado la polaridad. Aislados y repelidos. Si el infierno fuesen dos palabras el mío sería ese, uno que camina con paso firme hacía el ostracismo con la fuerza de mazo sobre cabeza.
Para ver desde fuera esta escena eh. En un segundo, dos párrafos. En dos, la cabeza como un avión, y tú, sentada en el salón, me sigues envolviendo en tu dichoso ciclón (no pude evitarlo, perdón). Inaccesible, la palabra que me define, la veo reflejada en ti. Un día, la veo en el nuevo sofá, dos metros de ancho de normal y dos hectáreas si estamos ambos en él. Otro día, lo veo en silla, cuando te das cuenta de que yo he tirado el muro y vendido la metáfora, te vas, tardas en volver y no dejes que resuene algo azaroso en tu vacío, lo llenas de melancolía con música que te desluce. Y, otro día, el último de un siempre perdido, yo rompo la situación con El rechazo y tu, huyes.
No juzgo la huida, juzgo que parezca eterna. Pero, como si te viera, diciendo que es cosa mía, no tuya. Y, si tuviéramos esencia de todo esto, diría que ese es el resumen del problema. Ese y tu silencio.

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