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Valientes desventuras del introvertido

A veces, soy inaccesible. 
Igual soy entendible para él, pero siendo él, como yo, es como encerrarse en una habitación con un espejo.
Me cuestan mucho los cambios emocionales, de hecho, me cuestan, por lo que me cuesta sentir algo. El verde me camufló muchas taras emocionales y, sin el o ella, salen todas a la luz otra vez. Supongo que, por muy emocionalmente inteligente que sea, trabajar sin herramientas es como cortar madera con las manos: por mucho que lo intente siempre saldré herido. Y en esas estoy ahora mismo (frase de recurrente uso debido a la dinámica actual de ir a pasos cortos). En vez de arrancarte algún tema con palabras escribo sobre ti, a distancia, protegido en el amparo del sofá, que se está convirtiendo en una figura realista de lo que es la soledad moderna. 
Supongo que era verdad, lo pensé en la carta pero no tuve el valor para ponérselo a él. No era la idea, me enamoré de tí. Y todas estas teorías del amor moderno no pueden explicar la pasada y tóxica idea romántica de pertenencia. Hace unos instantes, alguien me comentaba que se sentía poco comunicativa e inteligente y, joder, es la empatía pura en este contexto. Quiero decir, soy terrón de azúcar en leche caliente, avocado a la disolución, en tu presencia. 
Se pasará, con el tiempo, a mí me va bien la erosión de los meses ya que me pulen, me modelan, en definitiva: me arreglan. Siempre me he mostrado con unas emociones muy irreverentes para el estándar moderno y, lo que más tiempo me ha llevado, es analizarlas lo suficientemente bien como para ver que no estoy errado. Esto es una vuelta al ruedo en muchos aspectos: una recuperación sistemática de la fe. De fe fue la cosa y me recuperé, bien, volví. 
Sólo chapurreo líneas para prometerme volver mejor, sólo escribo fuerte para ser consciente. Sólo quiero volver a latir.

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