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La maldición de Vesper Lynd

Las declaraciones que conllevan un compromiso tan fuerte con como cuchillos hendidos entre dos costillas. Algo tan brutalmente directo causa una especia de daño de doble filo. Si la persona rechaza el daño vuelve a ti, con más fuerza que antaño. No, no es lo que parece; no nos hallamos ante el máximo dolor. Las heridas cuando dejan marca, cuando están metidas tan dentro de una persona, si se produce el mismo tipo de dolor, dejan de doler, inmunizan.
De lo que hablo no es del rechazo, por ahí los tiros salen torcidos. Hablo de la aceptación consentida. Un sí a dos bandas que termina con la señorita Vesper manejando un arma de gran poder emocional mientras cura la herida que deja con salida.
El período de euforia se dispara, se descorcha la fase maníaca de bienestar. Jugar a la ruleta todo a un número rojo y que salga bien. Todos los disparates que se os ocurran. Magnificado. Todo acaba aquí si no estuviéramos hablando de Vesper.
Este cuchillo que ya dejo de ser metafórico hace unas cuantas líneas empieza a ser una herramienta que se desliza suavemente como un dedo sobre la piel, acariciando lentamente cada curva de su cuerpo sinuosamente ocultando su destino.
Muchas veces, liberamos nuestras cargas sobre los demás, les damos ese cuchillo para que jueguen con el y, ellos, acaban hundiéndose ese cuchillo que resulta mortífero en sus propios costados. 
A veces pensamos que la mejor manera descargar peso es pidiéndole a otro que lo haga, que sufra por nosotros. Y también, muchas de esas veces nos equivocamos

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