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Los (des)afortunados de Nunca Jamás (III)

Y cuando abrió los ojos después de un tiempo en el limbo su sorpresa fue mayúscula
Estaba ella, la maravillosa niña Wendy Darling, justo delante de él, mirándolo fijamente. Claro; el sobresalto era algo que se daba por hecho, y la respiración entrecortada, disimulada con una tos como poco, inoportuna. Cosas que pasan. Sin embargo, ella permanecia ausente. Más ausente se quedo Peter justo después, cuando al tocarle la cara, sus dedos atravesaron su mejilla.
Horripilante pavor y los latidos del corazón repitequeando contra el pecho, tanto que dolía. Se calmo al tiempo que ella se movía por la habitación, despreocupada, sonriendo. Una vida puramente rutinaria a la que no estaba acostumbrado. Gestos cada tres por dos.
Pasaba el tiempo, muy lento y mientras el miraba, aprovechaba para escribir. Cada rasgo era completamente auténtico, natural, como la vida misma. Y de repente ella rompió a llorar. De estas veces que no tiene ningún sentido hacerlo, pero que explota la burbuja interna y los sentimientos se van acumulando, malamente.
Peter estaba entristecido a más no poder. Susurraba a su oído:
"Ojala no lloraras. Ojala me pudieras escuchar, aunque fuera un segundo. Se que esto no tiene ningún sentido ahora, pero... Creo que... Bueno no lo creo. (Coge aire) Te quier..."
Y un chispazo eléctrico recorrió todo su cuerpo tirándolo al suelo. Y el segundo hizo que se le cerraran los ojos. Otra vez. Despertó en la taberna. Resucitado por los niños a base de electrodos suicidas. El pecho ardiendo por ello. La música sonando a todo volumen.
 Y las ideas más o menos claras.

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