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Y... ¿Y algo de qué?

Bien (mal). La misma historia se cuenta desde dos perspectivas distintas. Tan distintas que los matices para separarlas son tremendamente sutiles. Con los pies en el suelo se siente una realidad avergonzante. Colgado del aire el atrevimiento pasa a ser descarado. Y, estas dos cosas son extremadamente falsas.

Siento decir que no miento. Seria lo más fácil. Hablo de lo que yo quiero definir como la reciprocidad absurda. Es el hecho de gritar a una persona que reside en la trasera de tu cuerpo. Chocar espalda con espalda continuamente sin coincidir. Gritar al viento rogando que llegue a sus oidos un mensaje mal dirigido.
Después pasa lo que pasa. Pedimos un prototipo de persona que reside en tu espalda y que esta tan sordo como el.portador de las propias palabras. ¿Adivinan lo que pide la persona de su espalda? ¡Lo mismo! ¿No es terriblemente horrible?
¿Y lo de después? Me refiero a la autoexigencia extrema, a la lamentación continua, al perdón innecesario y al bajo autoconcepto casi como pilares de mi teoria. Son enfermedades del alma, se ubican ahi y no salen.
Oigan caballeros y damiselas: ¿y si optamos por gritar a los oidos y cercionarnos que nos escuchen mientras volteamos a nuestra persona? Asi podrían llegar a contradecime, derrumbarian mi teoría.
¡Mejor aún! ¿Y si probamos a clavar dagas en el corazon de quien esta a nuestra espalda? Es ilógico que si se muere por el ideal que prodiga no se quiera quedar con el organo vital por excelencia del amor.
Esto siempre funciona. Las locuras nunca fallan queridos

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