"Sangre, sudor y lagrimas" es una de esas frases que se suele decir a la ligera. El ya no lo haria.
Nuestro llorón personaje seguia con las lágrimas al dente, deslizandose por las mejillas, con la rápidez del tiempo venidero que pasa. El sudor es la pura presa del nerviosismo y, demasiado frío como para soportarlo sin que te aprese. Lo peor era sin duda, su sangre. Yacia estampado en las baldosas de maneras alternas. Lo que tiene darle puñetazos a la pared mientras se grita una y otra vez su frase recurrente. "No soy capaz de salvar a nadie. A nadie..."
La esperanza le quema. Le arde. Es un clavo ardiendo hundido en el fondo de la parte izquierda del pecho. Los golpes son tentempiés y, por eso sigue dando con ganas al suelo. Es una manera de sentirse vivo.
Y, ¿qué fue del heroe, del niño infante? Observaba muy callado y garabateaba en un papel con una letra digna de médico. Al tiempo se canso de esperar y su marcha coincidió con el último puñetazo al azulejo. Se desvaneció y cayó con estrépito al suelo mientras nuestro proheroe arrojaba un papel al suelo.
Con el paso de las horas finalmente levantó la cabeza, oyendo un sonido a compás mientras. Arrastrandose llego hacia el papel que inmediatamente mancho de sangre por sus secuelas anteriores. Levantó la cabeza, se le nublo la vista hasta que atisbó a leer:
"Y... ¿si te salvan a ti?"
Antes del último suspiro la única imagen con la soño desde aquel entonces fue la silueta de una mujer. De la mujer.
Y del inconfundible sonido de sus tacones.
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