Nadie lograra entenderte. Decir lo contrario conmigo sería un insulto ciertamente. Es como la gente que piensa que te hablo despectivamente cuando me refiero a ti como: "la mujer". A mi me gusta definirlo como una mención, un rango de importancia. Dubitare si me preguntas si es un piropo.
Lo juro, no soy ningún cobarde. Eso explica algún que otro corte, magulladuras y rasguños varios a nivel externo. Sea todo dicho de paso, una estocada en el pecho sin motivo de replica, a veces, si se sabe como interpretar seria la solución perfecta.
Recuerdo el día que hablaba a un grupo de imberbes y agudas personas en cuanto a tono vocal. Tu jugabas con el pelo lentamente mientras te apoyabas en el alféizar de mi imaginación. Y creeme, eso es mucho más alto de lo que puedes llegar a pensar. Yo preguntaba alegremente que era eso de miedo y quien lo llegaría a tener. Tu reías inocentemente y ellos te señalaban primero a ti y después a mi. Nunca lo entendí.
Maldigo el día que me enseñaste a tener miedo. Desde entonces le tengo pavor a las maletas, al olor a tinta impresa y a la lluvia de invierno que se precipita sin sentido. Encima el único agua con sal que cae resuena a kilómetros.
Mientras tanto el despertador suena como cada mañana y aún se atisban tímidos rayos de sol. Siempre dije que tendriamos que controlar el miedo pero, ciertamente, ahora mismo pienso que nunca lo hare.
Detras del miedo esta el estímulo que lo provoca; portando equipaje de mano. Maldita Adler, me tomaste la medida.
Lo juro, no soy ningún cobarde. Eso explica algún que otro corte, magulladuras y rasguños varios a nivel externo. Sea todo dicho de paso, una estocada en el pecho sin motivo de replica, a veces, si se sabe como interpretar seria la solución perfecta.
Recuerdo el día que hablaba a un grupo de imberbes y agudas personas en cuanto a tono vocal. Tu jugabas con el pelo lentamente mientras te apoyabas en el alféizar de mi imaginación. Y creeme, eso es mucho más alto de lo que puedes llegar a pensar. Yo preguntaba alegremente que era eso de miedo y quien lo llegaría a tener. Tu reías inocentemente y ellos te señalaban primero a ti y después a mi. Nunca lo entendí.
Maldigo el día que me enseñaste a tener miedo. Desde entonces le tengo pavor a las maletas, al olor a tinta impresa y a la lluvia de invierno que se precipita sin sentido. Encima el único agua con sal que cae resuena a kilómetros.
Mientras tanto el despertador suena como cada mañana y aún se atisban tímidos rayos de sol. Siempre dije que tendriamos que controlar el miedo pero, ciertamente, ahora mismo pienso que nunca lo hare.
Detras del miedo esta el estímulo que lo provoca; portando equipaje de mano. Maldita Adler, me tomaste la medida.
Diario para Irene Adler, la mujer (parte II)
Comentarios
Publicar un comentario