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La bella vita della bella sorpresa

La noche siempre es el punto culmen que me ayuda a terminar y formar lo que suelo pensar.(Lo se, mi reciente manía de alargar las noches ya es enfermiza. Han sido unos días intensos)
 ¿Que importa de mañana? Nada. Dejame vivir el hoy, en paz, tranquilo y pausado. Permiteme observar durante segundos a todas las personas que me importan, para que se me queden marcadas para siempre. Dejame que hable con ellas hasta que alguien de madrugada se encargue de volver a poner las calles en su sitio. O que permanezca sentado hasta que se caigan todos y cada uno de las anclas, de las astas sin banderas, mientras el viento abusa de confianza con el pelo revuelto. Estar con ellos, de la mano, sentados o un a un metro encerrado en las profundidades de un maletero, pintado y con guitarra. Que me hablen y se celen como niños pequeños sin motivo y que se emocionen por la felicidad propia. Todos, todos, para los nuevos, hay esperanza, siempre la hay. Para el resto ya sabéis mi lema, sino preguntarle a Wendy.
Sois el titulo de todo esto, el resto ya lo pongo yo. La locura que mueve el mundo y que desprendéis mientras yo me empapo absolutamente de ella.
A veces es tanta que, ahora por ejemplo, pienso en que las cajas de pastas, además de bellas y sorpresas y bellas sorpresas, hablan, se mueven, te pueden llegar a pegar (y hacen daño, creerme), tienen cosquillas y una habilidad especial con el machete que infunde respeto.
Y, no creo que me equivoque con esta locura. ¿A qué no?

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