"Dime que no te provoca miedo la decepción".
Y así empieza el gran discurso. Es algo lógico e irreprochable tanto de manera propia como ajena. Suele ser propia más bien.
"Imagina esto: que las cosas no sean como tienen que ser. Que las expectativas se hundan en la miseria del que espera y no encuentra nada absolutamente, común, novedoso, adyacente y cautivador. Y que todo se esfume volatilizado. Sin crear y ya destruido"
Continua, lógicamente. Si las cosas evolucionan el diálogo también. Se agiganta.
"Que sea todo fantástico, increíble. Idílico. Pero que se estropee, con motivo, sin él. Por rabia, por tristeza, por mal vivir. Por lo que sea"
Pero al final, las cosas siempre acaban igual y siempre el discurso acaba con la contestación de la otra parte. La que escucha detenidamente y callada rompe su intervalo y dice:
No me provoca miedo a la decepción
P.D.: Cada uno tiene su propia sonrisa. Yo me refiero a este símil. Después, queda el toque perfecto, el suyo

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