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Los días de luto

Un vestido negro encima de la cama, lo suficientemente largo como para ser recatado y lo suficientemente corto como para ser libre y expresarse.
Vaya día mas soleado, no hace justicia a la estampa que espera de lacrimeo. Los entierros siempre ponen los pelos de punta y esta vez no iba a ser menos. Tendría que diluviar para bien ser. Pero de todas maneras no sabia la razón de estar en ese momento allí.
Realmente odiaba a la persona que velaba. Todo el día con sus promesas soñadoras y su mundo como el había diseñado en sueños, despierto. Y al final los siguientes amaneceres serían solos, sin su compañía y se los había prometido todos y cada uno de ellos. Como para no odiarlo (en el fondo no era así, su conciencia se lo decía. Mas cercano de lo contrario. Se empeñaba en ignorarlo). Y encima su epitafio como siempre, igual que el:

La locura nunca muere mientras
haya alguien que la posea

Que indecente estaba hecho. Al menos las cosas fueron rápidas, nada de esas ceremonias religiosas, sencillo. Y de la que se iba para casa vislumbraba a otra persona a lo lejos, alguien conocido y que se marchaba rápidamente hacia otro lugar. Cuando apuro el ritmo para ver quien era ya no estaba.
No le dio más importancia. No la tenia. Al menos de momento

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